Abordar la obra de Graciela Calcagno es acceder a un espacio donde se asienta el misterio implícito en el arte.
Es entonces, en ese terreno de su pintura, donde construye un universo de símbolos que remiten al des-cubrimiento del sentimiento humano.
No tiene el propósito deliberado de explicar algo, vive lo que hace de manera auténtica y comprometida. Y este compromiso no pretende ir más allá de lo que pueda afincarse en su propio sentir, creyendo que éste es sólo una partícula sensible de algo que comparte con todos. De allí su capacidad de comunicar, hacer común, algo que se gesta en sus propias vivencias pero que refiere siempre a una realidad de la que participamos.
Se convierte así su obra en un reflejo que devuelve nuestra propia imagen, una aparición, con la cual convivimos casi sin advertirlo.
Podemos, a partir de aquella, iluminar nuestro paisaje interior y adivinar formas, descubrir ámbitos y vivir climas que sólo son accesibles por medio del arte.
Lo indiscernible que rodea cada tela se constituye en el aura que trasciende el hecho físico de pintar. Y ese misterio, del que hablábamos al comienzo, se instala en nosotros para pedirnos una respuesta que siempre es, también, una pregunta.
El color, las texturas (hay un recuerdo táctil allí), la articulación de los espacios, el juego de remanentes plásticos, conforman una plataforma donde se apoya su expresividad.
Compartirla, hacerla nuestra, es una oportunidad para enriquecer nuestro patrimonio sensible.
Heriberto Zorrilla